jueves, 19 de junio de 2008

MAESTROS

Maestros
MANUEL VICENT 30/01/1994

Hasta la llegada de la imprenta de Gutenberg reinaba el argumento de autoridad. Nadie sabía leer por la sencilla razón de que los libros no existían. El conocimiento se transmitía de forma oral. Las cosas eran lo que eran porque así lo contaban los clérigos y maestros de viva voz en los púlpitos, en las cátedras, a una legión de analfabetos. Lo ha dicho el maestro: ése era el argumento definitivo que zanjaba cualquier discusión. La sabiduría se concentraba en los códices de Vitela escritos y miniados a mano por lentísimos monjes en los monasterios, pero a ellos sólo llegaban con sus propios ojos unos pocos iniciados. El invento de Gutenberg hizo posible que estos códices donde la teología y la filosofia estaban herméticamente guardadas pudieran ser reproducidos en serie y puestos a merced de lectores vulgares. La gente comenzó a leer la Biblia y los textos clásicos. Los interpretó por su cuenta. Sacó sus propias conclusiones. Los clérigos y maestros fueron muy pronto rebatidos y al quebrarse el argumento de autoridad se inició la cultura popular. Hoy están los maestros en el aula explicando los textos impresos por Gutenberg, llegan los alumnos recién cebados por la televisión o la radio y se reproduce el mismo drama, la misma revolución cultural del siglo XV. Entonces los maestros eran contestados por alumnos que habían leído el último libro impreso; ahora son discutidos por lo que acaban de contemplar en el vídeo de la noche anterior. La autoridad ha pasado de manos. La interpretación de un libro de texto a cargo de un profesor es rebatida por cualquier adolescente que acaba de oír la opinión de un imbécil por la televisión. Ésa es para él la última verdad, el fallo inapelable. Los antiguos maestros desbancados se defendieron diciendo que había buenas y malas lecturas. Hoy también se habla de buena televisión y de programas basura. El caso es el mismo. Ahora cualquier exabrupto soltado por un frívolo en una tertulia o entrevista de televisión puede destruir como entonces la labor de todos los catedráticos.

No hay comentarios: